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Por: Roberto Girón
V9595112
Jairnupal2@gmail.com
Cursante Maestría Docencia Universitaria
Unellez Apure.
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LA ÉTICA Y LA FORMACIÓN HUMANISTA
“El hombre no llega a ser hombre más que por la educación”
INMANUEL KANT
Actualmente nos encontramos inmersos en una sociedad compleja, caracterizada por elementos que han incidido notablemente en el funcionamiento de su dinámica propia, dentro de los cuales el tema de los valores es objeto de permanentes debates en cuanto a su contraposición y confrontación en relación a su enseñanza dentro de los recintos educativos, como un mecanismo de reforzamiento del ser humano que propendan al logro de una convivencia estigmatizada por una nueva ética donde se coloque a éste ser como factor principal para el desarrollo de una sociedad, sustentado precisamente en un escala de valores en una sociedad impactada por los acontecimientos globales.
La ética no puede enseñarse de modo temático solamente, como una asignatura más, que mucha de las veces, se convierte en requisito académico estructural de los currículos. La trascendencia de la ética, debe manifestarse en la organización de la institución educativa, en la aptitud del docente y su actitud en relación con los estudiantes, a la vez debe constituirse en un elemento que impregne o permee todo el currículo, lo que lo convertiría en un eje transversal que consolida el proceso de formación profesional. Frente a éste panorama, cabría preguntarse, ¿Cuál es la ética que debe enseñarse? Al intentar responder esta interrogante, surgen posiciones distintas dado el pluralismo social en el cual cada individuo asume de manera muy particular una posición frente a su concepción de su ética que pregona y práctica. En el ámbito educativo, la complejidad de actores que intervienen en el proceso de formación, trae subyacentemente visiones divergentes, pero que frente a esa diversidad, se debe transitar hacia la unicidad de la ética prevaleciente en la sociedad que requiere del sujeto una actitud diferente y de concienciación sobre los problemas que enfrenta.
En el universo de valores, la cooperación, el respeto al prójimo, el cual no sólo se refiere hacia la persona en sí sino a su modo de pensar, de concebir el mundo, de interpretar la realidad, de vivir la vida, entre otros; y la autonomía personal, constituyen factores claves en el proceso de formación del estudiante. Las preferencias del ser están relacionadas, directa e indirectamente, con el sentido ético. Esto conlleva a internalizar en la persona su conciencia moral. Los valores constituyen pautas de formación moral, plasmándose taxativamente en la sociedad. Consecuentemente, tendremos una sociedad más humana, cuya educación es la punta del iceberg que refleja esa sociedad. Mientras la educación, concebida como un hecho humanista, contribuya a la formación integral de la persona que trasciende la lógica visionaria de preparación restringida por urgencias laborales, en esa medida, se construye la sociedad humanista. Ésta contrasta con aquella que soló concibe al ser como objeto capaz de producir riquezas, que usufructúan unos pocos en desmedro de la mayoría. La gran semejanza entre los seres humanos, es que todos somos semejantes racionalmente. Esta educación humanista, en palabras de Savater, consiste en fomentar e ilustrar el uso de la razón, esa capacidad que observa, abstrae, deduce, argumenta y concluye lógicamente. Tal como está planteado, estos principios coadyuvan enormemente al desarrollo de un modelo educativo concebido para enaltecer la esencia del ser, complementando su formación al proceso memorístico, repetitivo de conocimientos previamente establecidos curricularmente. La educación es la puesta en práctica de conocimientos, actitudes y convicciones cuyos efectos se evidencian en la humanización de los individuos, personal y social.
El sistema educativo universitario, debe concebir una formación con las características, al menos, que pongan en práctica estos principios descritos por Savater. La dinámica actual lo requiere. No debe constituirse esto en una mera declaración para justificar institucionalmente una política de estado que debe ir más allá de la derogación de recursos necesarios que sustenten el hecho educativo, sinó que se constituya en ley, norma y principio inalienable de acción social para un nuevo ser con una ética del individuo para la convivencia, es decir, como dice Morín, hacia una antropoética.

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